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«Hola, ¿cómo estás?. Te mando este archivo para que me des tu punto de vista. Nos vemos pronto». Bajo este inofensivo texto –al cual hemos tenido que corregir dos errores ortográficos y otro gramatical– se esconde la amenaza de un virus bautizado como W32/SirCam. Pese a que su incidencia en los medios de comunicación ha sido escasa, podemos decir que ha sido mucho más dañino que la mayoría de los virus que sí fueron protagonistas en su día de los informativos de todo el mundo. En concreto, es significativo que, aún sin infectarse, el usuario que recibe el mensaje pueda sufrir el colapso de su buzón, debido al tamaño exagerado de algunas de las versiones de este virus, que llegan a tener un peso de 4 Mb, suficiente para rebasar la capacidad de una gran parte de los recipientes de correo.
Resulta paradójico que muchas de las personas que han caído en la trampa del virus fueran usuarios conocedores de la existencia de este tipo de mensajes, que a pesar de todo sucumbieron a la curiosidad de abrir el archivo maligno. Pero así ocurren las cosas, sobre todo desde que Internet es un componente tan importante dentro del mundo de la informática. Hace unos años, sólo los expertos programadores contaban con los recursos necesarios para crear un virus, y el modo de contagio estaba restringido prácticamente al disquete. Con el auge de la Red, no sólo es más fácil aprender a crearlos, sino que han proliferado medios de contagio más sencillos, rápidos y masivos, como el correo electrónico, los grupos de noticias o los célebres 'chats' (en inglés charlas). Hoy en día sólo son necesarias las malas intenciones y una conexión a Internet para sembrar el caos. Ya no es cuestión de conocimientos, sobre todo teniendo en cuenta que en los sistemas operativos más populares, prima la facilidad de uso sobre la seguridad.
La principal herramienta que manejan actualmente los creadores de virus –conocidos popularmente como 'hackers' (en inglés piratas), aunque no es lo mismo– es la que se ha dado en llamar ingeniería social. Con este curioso término se engloba una serie de tretas, señuelos y engaños cuyo fin es confundir al usuario o, peor todavía, lograr que comprometa seriamente la seguridad de sus sistemas. Esto no es una ciencia exacta pero, al ponerse en práctica con un grupo tan elevado de posibles víctimas, el éxito está garantizado. Aprovechando sentimientos tan dispares como la curiosidad, la avaricia, el sexo, la compasión o el miedo, el gamberro de turno consigue su objetivo, una acción por parte del usuario.
Merced a estas técnicas, no sólo se ponen en circulación virus, sino también toneladas de 'hoaxes' (en inglés trampas). Se trata de correos que difunden falsos rumores de toda índole, cuyos autores saben de antemano que los propios receptores se encargarán de seguir extendiendo el bulo hasta que alcance notoriedad. Desde empresas que venden gatos embotellados hasta falsas profecías de Nostradamus, todo vale. Algunos de estos mensajes alertan sobre virus que, por supuesto, no existen, y esto no hace sino agravar la situación, ya de por sí preocupante. En cualquier caso, la proliferación de estos inútiles comunicados, produce más congestión en las ya de por sí saturadas líneas de comunicación.
Recuerdo, con especial asombro, dos casos interesantes. El primero data de finales del año 1999: una serie de mensajes enviados por una empresa de informática –inexistente, por supuesto– en los cuales ofrecía información real sobre los problemas que la llegada del año 2000 podía acarrear a los ordenadores. Con el correo se adjuntaba una utilidad para comprobar si el ordenador se vería afectado. En realidad era –¿hace falta decirlo?– un virus. El otro caso es de hace pocos meses, y es especialmente sangrante: un mensaje alertando sobre un temible virus, acompañado de unas sencillas instrucciones para combatirlo. Siguiendo esas instrucciones, el usuario eliminaba una serie de archivos que, lejos de ser virus, formaban parte del sistema operativo de su equipo. Con este caso hemos llegado a lo más simple. Es el usuario el que realiza todo el trabajo. Frente a esto no hay anti-virus que valga, porque la ingeniería social opera en el eslabón más débil de la cadena informática: la persona.
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